De poco sirvieron las palabras de ánimo, aquel: “lo siento tanto” o el: “todo va a estar bien”
Fueron poco relevantes las estadías y los chocolates. Todo quedo convertido en nada, cuando en una noche común, te vi brillar como un sol.
Me dio una alegría enorme verte radiante y florida, llena de vida y de luz.
Y es que algo sabía, pero no sabía nada.
Algo sabía, algo había escuchado de aquel antídoto casero. Pero aun faltaba mucho por ver. Nunca había presenciado en persona (o en alma) el poder sanador de esa “pomadita de vida”.
Con una artimaña tan simple, con una sencillez tan inocente. La pomadita te hizo cambiar el semblante, de una manera tan radical pero a la vez tan pasiva.
Y es que algo sabía, pero hasta ayer no sabía nada.
Sabía de tu amor por él, sabía que por él dabas la vida. Pero lo que no sabía, lo que entendí hasta ayer es que: más allá de dar la vida, la vida misma te proviene de él. O lo que es lo mismo: él es tu vida.
Entre risas y gestos, entre amor y alegría. Algo de esa “pomadita de vida” se unto en tu corazón y curó las heridas.
Hasta ayer, estaba esperando tu despertar y tu renacer a la vida.
Queriéndote ver florecer, amanecer y todas esas cosas bonitas.
Quería verte distinta como por gracia, o cambiada como por magia. Y ayer te vi así, y no se si alguien más te habrá notado.
Al fin de cuentas, todos estábamos cambiados.
Y es que algo sabía, pero no sabía nada. No había experimentado esa cosa “rara” de untarme la “pomadita de vida” (bien untada) en tu tristeza, y en mi tristeza del corazón.
No hay comentarios:
Publicar un comentario